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Me miró, sí, de una manera que jamás nadie ha vuelto a hacer.

febrero 4, 2012

El 4 de febrero es el Día Mundial contra el Cáncer. He querido compartir esta historia, pertinentemente modificada, que relata mi primer contacto con esta enfermedad. Ya ha pasado mucho tiempo pero nunca olvidaré la comprensión y la generosidad de Ramón y cuanto aprendí de él.

Gracias, Ramón…

José M. García, 2012

Mediados de los noventa. Pijama blanco inmaculado recién estrenado. Hospital Duques del Infantado. Primer año  de prácticas de enfermería. Sevilla. Perdido entre carpetas, carros y pasillos. Nuevo destino. Bolígrafo cuatricolor en el bolsillo de la camisa. Intenso olor a alcohol. Una pequeña libreta de anillas en el bolsillo del pantalón. Unidad de cuidados paliativos. Ilusión. Atmósfera cargada. Una puerta a medio abrir…

– ¡Enfermera! – un grito ahogado, reducido al tono de un susurro, salía de la habitación. En la puerta un disco redondo de metal, enmohecido por el paso del tiempo, con el número 223.

-¡Enfermera! – de nuevo la voz gritaba sin fuerza, agotada.

Miré a mi alrededor, no vi a nadie en el corredor. Dubitativo me decidí a entrar, lo reconozco, con miedo.

– Tengo sed –

Un anciano, arrugado, acomodado con almohadas en un butacón junto a una cama. Levantaba la cabeza con dificultad, doblegado por la curvatura de su espalda que lo arrastraba hacia abajo. Su brazo derecho resistía alzado con esfuerzo, estoicamente, para acercar su dedo índice a una botella de plástico sobre la mesilla.

– Tengo sed –

Voluntarioso me acerqué a él y llené un vaso de cristal, semitransparente tras miles de lavados, con un poco de agua. Se lo acerqué a los labios inclinándolo lo suficiente para que el líquido cayera en su boca.

El hombre, súbitamente, comenzó a toser con gran virulencia, su piel se oscureció, rodeó su garganta con las manos mientras seguía tosiendo y tosiendo, movía su tronco de adelante a atrás, su gesto expresaba dolor y angustia, la manta que cubría sus piernas se manchó de gotitas de sangre.

Asustado, me giré hacia la puerta para pedir auxilio justo cuando una enfermera entraba a toda prisa en la habitación, alertada por el escándalo.

– ¡Pero qué haces! – Me gritó agitando en el aire un paquete de cañitas de plástico que estaban en la mesilla junto a la botella – ¿Es que quieres matarlo?

El anciano había dejado de toser, respiraba dificultosamente, su rostro quebrantado, sus manos apoyadas sobre las rodillas para aprovechar hasta la última gota de aire.

– ¡Ven ahora mismo al control! – me volvió a chillar a la vez que salía, recorriendo con su mirada la habitación cerciorándose que todo volvía a estar en orden.

Iniciaba la marcha, cuando noté una presión en mi hombro. El anciano usaba sus reservas para hacerme girar hacia él. El siguiente segundo pudo durar toda una eternidad…

Me miró, sí, de una manera que jamás nadie ha vuelto a hacer. Sus ojos adquirieron un brillo y una intensidad inauditos. Se clavaron en los míos. Apretó aun con más fuerza mi hombro para erguirse un palmo sobre el asiento.

– ¿Eres nuevo? – preguntó, con un hilo de voz sibilante por el esfuerzo.

Un nudo en la garganta me impedía contestar, a duras penas bajé mi mirada y mi cabeza afirmativamente.

Ahora no eran sólo los ojos, toda la faz del anciano se iluminó. Sus labios esbozaron una amplia sonrisa luchando por vencer el gesto de fatiga.

– ¡Gra-cias!- Me dijo lentamente,  liberando mi hombro y dejándose caer sobre el sillón.

Aturdido, salí de la habitación cabizbajo, asustado, esperando una gran regañina por parte de la enfermera que esperaba en el control. No pude decir nada, sólo huir.

Al día siguiente, me costó subir las escaleras de entrada al hospital. La noche había sido larga, el sueño interrumpido, a cada instante, por el rostro del anciano ahogándose por mi culpa.

Entré en la unidad sigilosamente, sin pararme ante nadie, decidido a pedir disculpas a mi víctima. Golpeé la puerta suavemente varias veces, entré y… su cama estaba vacía, sin vestir, un viejo colchón desnudo tatuado de círculos oscuros de distintos tamaños e intensidades. Las ventanas abiertas, de par en par, aireando el fuerte tufo a lejía.

Ramón se había marchado en la noche.

Jamás te olvidé…  Gracias, Ramón…

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From → Relatos

9 comentarios
  1. Emocionada…; sin más

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    • Emocionado…; sin más

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  2. Queda un extraño rastro en la garganta tras leer tus líneas… tan fáciles, tan intensas.
    Gracias

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    • Soy yo quien agradezco tus palabras y tu bonito blog. Gracias!

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    • cmoreno37 permalink

      y en el corazón

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  3. Admiro profundamente este trabajo. Yo no sabría…

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  4. Sin palabras. Un abrazo

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    • Es mágico cuando después de cuatro años y medio una historia, tan especial, vuelve del sueño digital. Muchas gracias Themis por hacerlo posible. Un abrazo.

      Le gusta a 1 persona

      • Gracias a tí por compartir y me alegra haberlo regresado. Un abrazo

        Me gusta

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